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Backstage Politics
December 16, 2020

Qué es el Estado moderno y sus características

 

¿Qué hace diferente al Estado moderno de todas las demás formas de Estado? ¿Por qué hablamos de Estado moderno? ¿Cuáles son sus principales características?

 

Rasgos definitorios del Estado moderno

 

Si hubiera que resumir en pocas palabras los rasgos definitorios del Estado moderno serían tres los aspectos a destacar: territorialidad, soberanía y profesionalismo. Pero antes de continuar ¿por qué esto es moderno?

Ciertamente el fenómeno de la modernidad es bastante complejo como para sintetizarlo en pocas palabras. En líneas generales se considera que lo moderno constituye una ruptura con el pasado y la inauguración de un nuevo tiempo histórico. La temporalidad moderna se vuelca hacia el futuro que es concebido como un horizonte lleno de infinitas posibilidades, lo que se traduce en una permanente innovación. Algo parecido sucede con el surgimiento del Estado moderno, al menos si consideramos la modernidad desde una perspectiva política.

 

La situación política en la Edad Media

 

El Estado moderno surgió en Europa occidental al final de la época medieval. Con anterioridad no había Estado como tal. Al menos esto es lo afirmado por el prestigioso historiador medievalista estadounidense Joseph Strayer en su obra Sobre los orígenes medievales del Estado moderno. Y razón no le falta porque en Europa imperaban por aquel entonces diferentes tipos de unidades políticas: los señoríos, las ciudades-Estado, las ligas de ciudades, el Imperio, la Iglesia, los reinos, las comunidades populares, etc. No existía una autoridad central propiamente dicha, por lo que el orden político europeo era un conglomerado de confederaciones de entidades muy diversas que carecían de un vínculo orgánico propiamente dicho.

La política en la era medieval se desarrollaba a través de relaciones personales. De hecho, el poder como tal era una relación personal que era establecida de múltiples formas entre señores y vasallos, pero también sobre la base del carisma de una estirpe, los derechos que se ostentaban en relación a un trono, señorío, etc. Tal es así que en la Edad Media europea nadie ostentaba derechos exclusivos sobre un determinado territorio, sino que por el contrario múltiples figuras e instituciones tenían derechos sobre el mismo territorio y sus habitantes. Existía una superposición de jurisdicciones en la que era frecuente que los mismos vasallos compartiesen lealtades a diferentes señores.

Además de esto, era frecuente que las demarcaciones de aquellas zonas sobre las que se ostentaban derechos se hicieran de forma bastante ambigua y sin mayores concreciones. No había fronteras tal y como las entendemos hoy en día, sino que los señores y comunidades llegaban a acuerdos en los que los límites geográficos eran difusos y poco concretos al hacer referencia a bosques, montañas, pueblos, ríos, etc. Los mapas eran escasos y generalmente muy imprecisos debido a que la cartografía no estaba desarrollada. Por esta razón hay que hablar de zonas fronterizas en lugar de fronteras entendidas estas como líneas divisorias más o menos imaginarias representadas en un mapa. No había una noción de territorialidad propiamente dicha debido a la superposición de múltiples jurisdicciones sobre el mismo espacio geográfico. Nadie tenía la capacidad de ejercer una autoridad exclusiva sobre la geografía, de manera que las elites medievales se veían obligadas a llegar a acuerdos, a compartir vasallos, recursos, etc.

En la Edad Media europea el Estado como tal sólo existía de forma embrionaria en la figura del monarca. El rey era la personificación del reino y era su figura la que lo mantenía unido como una entidad superior. En la práctica los reinos eran realidades difusas que estaban entre los señoríos, tanto seculares como eclesiásticos, y las entidades supranacionales de la época que eran el Imperio y la Iglesia. La mayoría de reyes medievales no eran otra cosa que primus inter pares en relación a la nobleza de la que eran parte. De hecho era frecuente que fueran cargos electos, costumbre que se mantuvo durante más tiempo entre los pueblos germánicos. En términos materiales no acostumbraban a concentrar extraordinarias riquezas si los comparamos con los demás miembros de la nobleza. Como consecuencia de esto únicamente contaban con unos pocos ayudantes que se encargaban de recaudar impuestos en sus dominios. Estos eran los senescales, bailíos o sheriffs que gestionaban las rentas reales,  supervisaban a siervos, trabajadores y vasallos del rey en sus tierras, además de ejercer funciones judiciales. La burocracia real era pequeña y generalmente no desempeñaban sus funciones oficiales de manera exclusiva, sino que el propio monarca les asignaba tierras para costearse su sustento. Al fin y al cabo este método de pago en especie era habitual debido al poco dinero en circulación.

 

La política moderna

 

Sin embargo, la modernidad trajo consigo una reorganización de las relaciones de poder a través de una serie de procesos que sería muy extenso explicar aquí. Lo importante a tener en cuenta para entender el Estado moderno es que se produjo una ruptura con el pasado, y más concretamente con las costumbres y tradiciones que hasta entonces habían articulado el mundo medieval.

La desintegración del orden medieval como resultado de innumerables conflictos creó una ventana de oportunidad política para los monarcas. Desde aproximadamente el s. XIII las diferentes coronas en Europa occidental habían fortalecido su posición en sus respectivos reinos, y ya en el s. XV actuaban en muchos casos como si no tuviesen superiores. Las luchas entre el emperador y el Papa sólo sirvieron para debilitarse mutuamente, mientras que los monarcas las aprovecharon para conseguir concesiones. Pero a todo esto se sumo las renovadas capacidades que disponían en términos militares y económicos, lo que les permitió enfrentarse a sus enemigos internos que de un modo u otro cuestionaban su supremacía política en el reino, o que en su caso disputaban su autoridad.

Los monarcas europeos fueron grandes modernizadores al utilizar la violencia para romper con las ataduras medievales que les impedía expandir su poder. Al hacer esto innovaron con la introducción de nuevos métodos de gobierno que tenían como finalidad el control exclusivo del espacio geográfico que reclamaban como propio. Esto fue una novedad debido a que buscaron erigirse en la autoridad suprema de sus respectivos reinos, y de este modo laminar a posibles competidores como eran los miembros de la nobleza o el clero.

En la temprana edad moderna los reyes tenían una burocracia más potente, lo que al mismo tiempo les permitía tener acceso a una cantidad creciente de recursos tanto en sus dominios como en el conjunto del reino. A esto se sumaba la reivindicación de su prerrogativa exclusiva para hacer la guerra junto a su poder militar, pues ya para entonces contrataban ejércitos mercenarios con los que podían prescindir de los ejércitos privados de la nobleza. Por otro lado hay que destacar que ya para el XIV el Estado había dejado de ser un patrimonio personal de los monarcas, y ya entonces era una organización con entidad propia. Prueba de esto es que en la guerra de los cien años al rey de Francia se le impidió alienar una parte del territorio del reino. Además de esto, la mayoría de los monarcas habían creado sus propias casas reales al final de la Edad Media, lo que significaba la separación de sus asuntos personales de los asuntos de Estado, al mismo tiempo que comenzó a percibir una renta de este último, lo que de facto le convirtió en un funcionario.

Lo importante a destacar aquí es que el poder ya no se proyectaba en una compleja trama de relaciones personales, sino sobre el espacio geográfico mediante un control exclusivo del mismo en el que el monarca afirmaba su autoridad suprema. Naturalmente esto fue un proceso que se prolongó durante varios siglos, pero que ya en el Renacimiento había madurado lo suficiente como para desarrollarse con fuerza en los años venideros. Esto conllevó la territorialización del Estado al mismo tiempo que se convirtió en un ente soberano a través de la figura del monarca.

En la medida en que el rey logró dotarse de las capacidades necesarias para ejercer su poder sobre su reino, y afirmarse así como la autoridad máxima, pudo proclamarse soberano. Pues la soberanía significa un poder originario, no dependiente ni interna ni externamente de otra autoridad, que provee de un derecho indiscutido a usar la violencia para hacer efectivas sus decisiones. Sin embargo, la soberanía es inseparable de la territorialidad, pues únicamente se es soberano en relación a un espacio geográfico delimitado por fronteras políticas que instituyen una jurisdicción en la que existe una autoridad central que ejerce su mando de forma exclusiva.

El Estado moderno, entonces, es un ente dotado de territorialidad y soberanía, siendo estas sus principales características que lo diferencian de otras formas de Estado previas. De este modo fue establecida una clara distinción entre la esfera interior y la esfera exterior que durante la Edad Media no había existido.

Por otra parte hay que señalar que el Estado moderno implicó una transformación de su estructura organizativa. La burocracia no sólo creció sino que se profesionalizó, de forma que aparecieron más funcionarios que trabajaban para el Estado a tiempo completo percibiendo por ello un salario.

 

La paz de Westfalia y el sistema de Estados

 

Finalmente hay que hacer referencia a la transformación que el Estado moderno efectuó en el escenario internacional con la aparición del sistema de Estados. Al fin y al cabo la soberanía y territorialidad que caracteriza a este tipo de Estado sólo es posible en la medida en que existe un reconocimiento mutuo por parte de otros Estados. Esto se materializó con la paz de Westfalia en 1648, en la que se establecieron los principios que organizan el derecho público internacional. Al fin y al cabo un Estado, para ser soberano, necesita ser reconocido como tal por otros Estados. Este reconocimiento mutuo implica que se consideran actores formalmente iguales y legítimos, al margen de sus diferencias de poder. Todo esto conllevó el fin de cualquier pretensión universalista de establecer una autoridad central por encima de los Estados, tal y como hasta entonces habían pretendido el Imperio y la Iglesia.

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Sack, Robert David, Human Territoriality: Its Theory and History

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